Cultura

Ignacio de la Torre y Emiliano Zapata: El baile de los 41 en el México prerrevolucionario

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En 1906, en el corral de la hacienda de San Carlos Borromeo, Ignacio de la Torre conoció a Emiliano Zapata.

Corrían los albores del siglo XX y en el antiguo país de los aztecas la homosexualidad había dejado de ser un crimen contra natura para considerarse delito contra la moral pública.

Ignacio de la Torre, importante personaje del México prerrevolucionario, se había casado con la hija del presidente, el General Porfirio Díaz. De la Torre era célebre por sus devaneos con hombres, sobre todo tras la redada que en el año 1901 tuvo lugar en la capital federal y de la que escapó gracias a la ayuda de su poderoso suegro. Antes de que el revolucionario Emiliano Zapata irrumpiera en la escena política mexicana, este “yerno de su suegro” quedó prendado de él. Se inicia un corto periodo de medio año, durante el cual  Zapata y De la Torre convivieron en la mansión que éste último tenía en la capital, dando lugar a especulaciones y leyendas urbanas, que a día de hoy unos desmienten y otros se empeñan en reivindicar. ¿Fue Emiliano Zapata bisexual? La respuesta está en el viento.

José Ignacio Mariano Santiago Joaquín Francisco de la Torre y Mier había nacido el 25 de julio de 1866 en una casa del centro de la capital mexicana, siendo el menor de los siete hijos que un importante empresario de azúcar gaditano, José Máximo de la Torre Carsi, fundador de la casa Jacker-Torre & Cía., había tenido con su esposa María Luisa de los Ángeles Mier Celis. José Máximo, que poseía una de las mayores haciendas del país, había sido el responsable de emitir los bonos que luego serían pretexto para la segunda intervención francesa en México (1862-67), motivada por el impago de la deuda externa a los estados europeos, principalmente a Francia, España y Reino Unido.

De niño mimado a Rey del Azúcar

La muy holgada situación económica de la Familia de la Torre hizo posible que el joven Ignacio se educara en los mejores colegios de México y Estados Unidos. Al morir su padre, en 1881, con sólo quince años Ignacio hereda la hacienda de Santiago Tenextepango, en Cuatla, estado de Morelos, una de las mayores productoras de caña de azúcar de la región, con una extensión de nada menos que dieciséis mil hectáreas. Por si esto no era suficiente, el ‘pollo’ poseía también la hacienda de San Nicolás Peralta en Lerma, estado de México. De esta manera llegaba a convertirse en uno de los terratenientes más ricos de todo el país. Por esa razón se le permitió cometer determinados abusos, como corregir el cauce de uno de los ríos que pasaban por su finca, causando la inundación de los pueblos limítrofes.

No contento con la enorme fortuna que había caído en sus manos, Ignacio de la Torre, quien, además de juerguista, era hombre inteligente y preparado, levantó una activa casa de comercio para canalizar hacia el exterior la venta de sus productos. Todo ello multiplicó sus ganancias de tal forma, que en breve tiempo se ganó la confianza y el afecto del dictador Porfirio Díaz y otros altos funcionarios del país. El mismo Presidente Díaz le entregó la mano de su hija mayor, Amada Díaz, a quien el joven hacendado había conocido en un baile. Tras un breve cortejo y un fugaz noviazgo, ambos se casaron con la bendición del arzobispo metropolitano y -¡cómo no!- del mismísimo Presidente de la República.

Ignacio de la Torre

Fracaso matrimonial 

Tras la boda, Ignacio resultó ser mucho peor esposo que empresario. La razón fundamental de su fracaso matrimonial estribaba en la vida libertina que llevaba y que no se esforzaba por ocultar pese el mundo pacato y machista que le tocó vivir. Sus coqueteos con personajes masculinos no pasaban desapercibidos a nadie, si bien la familia presidencial parecía mirar hacia otro lado en lo que se refiere a la ambigüedad de que el joven Ignacio hacia tanto alarde. De hecho, asistía con regularidad a los actos sociales como miembro destacado de los Díaz sin mayor problema.

Ignacio y Amada fueron distanciándose paulatinamente, aunque, en honor a la verdad, la esposa siempre se mantuvo fiel a su marido, hasta la muerte, y nunca llegó a abandonarle. Eso sí, vivían en alas separadas de la mansión de la Plaza de la Reforma y sólo se les veía juntos por necesidades del guión. En una ocasión Porfirio Díaz fue testigo del desencuentro que reinaba en a la pareja. Un día en el que el presidente visitaba a su hija, Ignacio irrumpió ebrio en la estancia donde ambos se hallaban e insultó a su esposa delante del suegro. La reacción de éste fue echarle de allí a patadas. 

Empresario y político

Antes de que el matrimonio entre Ignacio y Amada se deteriorara, De la Torre había sido elegido diputado del Congreso de la Unión de México, siempre gracias al apoyo de su suegro. Además, era miembro directivo del Banco de Londres y México, y en 1892 quiso optar a gobernador del Estado de México, pero tuvo que retirar su candidatura debido a la mala fama de licencioso y bujarrón que le perseguía a todas partes. El elegido para el cargo fue el general José Vicente Villada.

Pero, tras el altercado en la mansión de la Plaza de la Reforma, las relaciones entre suegro y yerno se fueron deteriorando, hasta el punto de que la actitud entre ambos se hizo distante y fría. Igualmente, Porfirio Díaz dio orden a los consulados mexicanos para que vigilasen los pasos del “yernísimo” en sus viajes al extranjero.

El baile de los 41

La confirmación pública de la homosexualidad de Ignacio no se hizo esperar. El 18 de noviembre de 1901, en el número 4 de la calle de la Paz, hoy Jesús Carranza, ciudad de México, tuvo lugar uno de los escándalos más sonados en la historia del país de los aztecas, que la investigadora Mílada Bazant describe con detalle. Allí se juntaron 21 hombres y otros 21 disfrazados de mujeres, al parecer con el propósito de organizar una orgía, con rifa de jovencito incluida, un “Pepito con bigotito rizado, como ésos que les gustan a las muchachas románticas”. De todo aquello tuvo inmediato conocimiento la policía gracias al chivatazo de un vecino indignado. Todos los presentes fueron detenidos por los agentes del orden, pero oficialmente sólo se dieron a conocer los nombres de 41, faltando la identificación del que hacía el número 42.

Pronto empezó a circular la noticia de que el nombre que faltaba era el de Ignacio de la Torre y Mier. Su suegro había ordenado su puesta en libertad para no inculparle, evitando un daño moral mayor para su hija y su propia reputación, algo que consiguió, pero sólo de momento. Amada Díaz anotaría en su diario lo siguiente: “Un día mi padre me mandó llamar al despacho de su casa. Me quería informar que Nacho había sido capturado por la policía en una fiesta donde todos eran hombres pero muchos estaban vestidos de mujer. Ignacio –me dijo mi padre- fue dejado libre para impedir un escándalo social, pero quise prevenirte, porque tienes derecho a saber del comportamiento de la persona con que vives.”

La prensa de la época aludía al hecho con noticias en las que se afirmaba que “unos canallas, repugnantes y depravados maricones planearon con anticipación una inusitada y osada reunión que sorprendió y asqueó a la opinión pública y alarmó a más de un personaje”. Los pasquines satírico-políticos, como La Gaceta Callejera, se hicieron eco de aquel episodio, que sería en adelante conocido como “El baile de los 41” o “de los 41 maricones”, con viñetas humorísticas y coplillas que aludían al caso. Y, a partir de entonces, decirle en México a uno que era un 41 significaba aludir a su homosexualidad.

Los 41 maricones

Pollos y lagartijo

Los rumores sobre aquel episodio comenzaron a circular, generando mayor información entre la ciudadanía sobre algo que todo el mundo sabía que era habitual. De hecho, no era la primera vez en la que la policía arremetía contra los ‘pollos’ y ‘lagartijos’ callejeros. Por ‘lagartijos’ se aludía a los tipos desocupados, jóvenes por lo general, que sólo sabían gastar en juergas y francachelas todo el dinero que sus acaudalados padres les daban y que iban a perder el tiempo en Plateros y San Francisco. Según parece, muchos de los asistentes a aquel baile eran precisamente lagartijos, hijos de familias muy conocidas y respetadas, cuyos nombres fueron paulatinamente eliminados de las listas policiales y tratados con penas mucho más livianas que aquellos otros que procedían de extractos sociales más humildes.

En 1898 el gobernador del distrito ya había ordenado una batida policial para liberar las aceras de todos los ‘vagos y maleantes’, con el aplauso de los intelectuales mexicanos, que no veían con buenos ojos la impunidad con la que se movían aquellos pimpollos, por lo general hijos o parientes de hacendados. Pero sí era la primera vez que un escándalo de tal magnitud destapaba la homosexualidad de integrantes de las grandes familias mexicanas.

Vagos y maleantes

Desde la entrada en vigor del Código Penal de 1871 las penas por sodomía habían dejado de ser un crimen contra natura y pasaban a ser consideradas delito contra la moral pública, tanto si se llevaban a cabo en público como en privado, bajo pena de arresto mayor y multa de hasta 500 pesos. Sin embargo, la celebración de esta fiesta no parecía motivo suficiente para encarcelar a los presentes. Con independencia de las implicaciones morales que para aquella sociedad mexicana tenía un baile de estas características, la aplicación estricta de la ley no permitía la pena de prisión. Se optó por desviar el peso de la justicia sólo a aquellos individuos que ya tenían antecedentes como vagos o maleantes, apostando así por la creencia generalizada de que la ‘desviación’ sexual estaba unida a la falta moral y el crimen.

Por otro lado, la envergadura de la noticia y su enorme repercusión mediática tuvo un leve efecto liberador para los homosexuales varones de todo México, que, de alguna manera, se vieron por vez primera unidos en un frente común, aún escasamente activo, y, también, juntos enfrentados a su propia diferencia. Ya no se conocen episodios similares que tuvieran lugar posteriormente, porque muchos de los homosexuales de la capital federal se replegaron en grupos reducidos o acudiendo a los baños públicos de la ciudad.

General Porfirio Díaz

Encuentro con Zapata

En 1906, en el corral de la hacienda de San Carlos Borromeo, Ignacio de la Torre conoció a Emiliano Zapata, quien más adelante sería revolucionario mexicano y héroe nacional. La personalidad de Emiliano, su planta y su gentileza –amén de ese enorme bigote que le hacía tan varonil- cautivaron inmediatamente al terrateniente, quien no se separó de él en todo el tiempo que estuvo en la hacienda. Zapata, nacido en Anenecuico, era un gran conocedor del mundo del caballo, por lo que, con el pretexto de ponerle a trabajar como caballerizo mayor o caballerango, se lo llevó a su mansión de la Plaza de la Reforma, en el centro de la capital.

Allí pasaron los dos seis meses juntos bajo el mismo techo. No hay pruebas de que mantuvieran relación afectiva, ni sexual. Pero está claro que Zapata conocía los gustos de su patrón antes de aceptar aquel trabajo que, por otro lado, le liberaba de ser reclutado para la milicia. También era sabido por todos las continuas alusiones que Zapata hacía contra los afeminados y cómo se esforzaba por aparecer más ‘macho’ de lo necesario a los ojos de los demás. Lo que pudo ser un corto romance, que nadie puede confirmar ni desmentir -¿cuándo llegará el día en que nadie se sienta ofendido por sospechas de este tipo?-, tuvo un desenlace negativo. Seis meses después, Zapata regresó a su Anenecuilco natal, probablemente resentido al comprobar cómo los caballos de Ignacio de la Torre vivían mejor que los campesinos de Morelos.

Mito y leyenda

Emiliano Zapata tuvo, como todos los mitos, detractores y partidarios. Los primeros ponen el dedo en la llaga sobre aspectos oscuros en la vida del revolucionario caudillo, incluyendo su posible bisexualidad, al menos durante el tiempo que convivió con Ignacio de la Torre, cosa que refutan tajantemente sus defensores. Algunos historiadores, como Carlos Tello Díaz, tataranieto de Porfirio Díaz, hablan del odio patológico que los descendientes del dictador sentían hacia Zapata, que aniquiló a la poderosa oligarquía azucarera de Morelos, pero por otro lado afirma que Zapata fue el más puro e íntegro de todos los caudillos de la Revolución Mexicana.

La recreación del mito sobre la bisexualidad de Emiliano Zapata, rechazada en su biografía oficial, cobra vida en la novela Zapata, de Pedro Ángel Palou (2006), donde, además de su relación con Ignacio de la Torre, se formulan otras insinuaciones basadas en habladurías de dudoso fundamento, como el caso de que uno de los hombres de confianza de Zapata, el inseparable Manuel Palafox, conocido como “el Ave Negra”, anterior ministro de agricultura del gobierno convencionista, fuera pillado en plena faena con un muchacho.

La única fuente existente para dilucidar este asunto es el diario personal de Amada Díaz, la despechada esposa de Ignacio, que anotó en una ocasión cómo su esposo y Zapata se revolcaban en el establo. Por otro lado están las declaraciones de Zapata en contra de los afeminados, las muchas mujeres con las que estuvo y su obsesión por masculinizar su aspecto con ese gran bigote que le hizo proverbial. Realidad o despecho, mito o resentimiento, lo cierto es que la figura de Zapata ha generado no pocas controversias, desde quienes lo convierten en sanguinario atroz, hasta los que lo sacralizan como santo salvador de la Patria.

Cárcel de Lecumberri (México)

El final de una crónica

Tras la renuncia a la presidencia del país del general Porfirio Díaz, el pobre de Nacho de la Torre pierde a su mejor valedor. Entonces, en una clara voluntad conservadora decide convertirse en opositor al nuevo presidente, Francisco I. Madero, en cuyo asesinato se vio implicado. Por todo ello, se vio forzado a las mayores humillaciones, desde ser despojado de sus tierras a padecer un auténtico calvario, de prisión en prisión. El mismo Zapata le sacó de la cárcel en una ocasión, pero más adelante lo encarceló de nuevo al descubrir que Nacho había intentado hacerse pasar por general zapatista para sacar ganancia en un asunto relacionado con el comercio de maíz.

Libre de nuevo, Nacho consigue escapar de una orden de detención emitida por el presidente Venustiano Carranza y se instala en Nueva York en el año 1917. A comienzos del siguiente año es internado en el Hospital Stern por una afección de hemorroides, que algunos quisieron relacionar con su vida licenciosa. Los médicos optaron por operar y fracasaron. El 1 de abril de 1918 murió el Nacho de la Torre, uno de los personajes más curiosos y controvertidos del México prerrevolucionario de comienzos del siglo XX.

Artículo tomado en su totalidad de Homocrónicas

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