Cultura

Si tienes un Mac o un iPhone debes conocer la historia de la manzana: Homenaje a Alan Turing

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Homenaje a Alan Turing - Imagen tomada de Culturizando.com

La leyenda dice que la manzana mordida de Apple es el homenaje de Steve Jobs a Alan Turing (1912-1954), el matemático británico que logró descifrar el código secreto de los nazis y cuyo papel en la Segunda Guerra Mundial fue clave para salvar millones de vidas.

 

Si esa pequeña manzana mordida hoy brilla vanidosa a lomos de todo Mac o iPhone que se precie, es gracias a un homosexual singular: Alan Turing.  Considerado padre de la computación y de la inteligencia artificial, este científico inglés, matemático, filósofo y criptógrafo de la primera mitad del siglo XX se implicó hasta las cejas con la causa antinazi, descifrando el código Enigma alemán, lo que salvó muchas vidas humanas. Desgraciadamente, el mismo mundo libre que tanto le debía le negaba amar a su manera, acarreándole un final trágico, donde una manzana fue también protagonista. Aunque la ciencia oficial, tan dada a silenciar las vidas y pasiones de los científicos, se ha resistido durante años a reconocer los muchos méritos de Turing, por fortuna el tiempo acaba poniéndolo todo en su lugar.

 

Un niño prodigio

Alan Mathison Turing había nacido un 23 de junio del año 1912 en el distrito londinense de Paddington, en Westminster. Sus padres, Julius y Ethel, viajaban constantemente a la India, donde Julius estaba destinado como funcionario británico, pero nunca llevaron con ellos a Alan, dejándole en Londres al cuidado de unos familiares. Desde edad muy temprana, el joven Turing destacaba por su privilegiada memoria, que le permitió aprender a leer en tres meses. Aficionado a los rompecabezas, con tan sólo ocho años ya se mostraba interesado por el conocimiento científico. Sin embargo, sus aptitudes derivarían hacia el abstracto universo de las matemáticas. Algo que fue posible gracias a su extraordinaria habilidad para realizar cálculos mentales y resolver complejos logaritmos.

 

A los seis años sus padres le envían al colegio St. Michael, cuyos docentes se percatan de la precocidad de aquel niño. A los catorce ingresa en un internado situado a unos 90 kilómetros de Southampton, donde fue protagonista de una hazaña que recogió puntualmente la prensa local. Era tan grande la resolución del joven Turing por asistir a la escuela que el primer día de clase, que coincidió con una huelga de transporte, llegó a recorrer en solitario esa enorme distancia en bicicleta. 

Gaudeamus

Poco antes de terminar sus estudios secundarios, justo en el año 1930, Turing pierde a su íntimo amigo Christopher Morcom, cuya muerte le dejó sumido en una profunda tristeza. Un año después ingresa en el King’s College de Cambridge, donde se gradúa en 1934, tras cursar estudios sobre Mecánica Cuántica, Cálculos de Probabilidad y Lógica.

 

Tan sólo había pasado un año desde su graduación cuando es elegido miembro de la Junta de Gobierno del King’s College, la misma prestigiosa institución que le abrió sus puertas al aprendizaje poco tiempo antes. Posteriormente se traslada a Princeton, en el seno de cuyo Institute for Advanced Study, dirigido por Alonzo Church, pudo conocer a los más célebres matemáticos del mundo, entre ellos el mismísimo Albert Einstein. Se doctora en 1939 por esta misma Universidad, con una tesis en la que introduce el concepto de hípercomputación, al tiempo que sigue investigando sobre lógica, álgebra y teoría de los números.

 

Una mente enamorada de mis números

En la primavera de 1935, Turing, ya graduado, asiste a un curso en el que se estudiaba los resultados sobre los dos teoremas sobre la incompletitud de Gödel y las preguntas de Hilbert sobre la decibilidad. La decibilidad era una pregunta simple: dada una proposición matemática, ¿existe un algoritmo que determine si la proposición es verdadera o falsa? Era fácil encontrar ese algoritmo para muchas de las proposiciones. El problema surgía cuando se intentaba demostrar que, para ciertas proposiciones, ese algoritmo no existía. Turing comenzó a trabajar entonces sobre estas ideas.

 

Hasta que Bertrand Russell y sus paradojas hacen acto de presencia en el pensamiento científico del siglo XX, se creía que las Matemáticas eran un templo indestructible. Que era cuestión de paciencia llegar a la solución de cualquier problema teorético que se planteara. Pero el austriaco Kurt Gödel y el mismo Alan Turing se erigieron como profanadores de ese templo, contra el cual lanzaron las piedras de su convencimiento científico. En el Universo había cosas verdaderas, aunque matemáticamente indemostrables. Dicho de otro modo: Dios existe, porque las Matemáticas eran consistentes, pero también el Diablo, porque las había hecho indemostrables.

 

Otro de los logros de Turing fue, sin duda, su contribución al estudio de la biología matemática, a cuya investigación se dedicó por entero al final de su vida, entre 1952 y 1954. La publicación de su estudio sobre los fundamentos químicos de la morfogénesis vegetal le llevó a comprender la filotaxis de Fibonacci, o lo que es lo mismo, la existencia de los llamados números de Fibotacci en las estructuras vegetales.  Sus descubrimientos siguen siendo cruciales a día de hoy, después de que se publicaran en el año 1992.

Un cerebro prodigioso 

Cuando en 1936 Turing, ya licenciado, redacta su artículo sobre los números computables, probablemente no podía suponer que iba camino de convertirse en el auténtico precursor de la era cibernética, el creador del nuevo concepto de ciencia de la computación. Cierto que no era ingeniero, sino un teórico de la matemática. Pero no lo es menos que la sistematización de datos le debe tanto a su mente y a su pluma como a todo el hardware presente en las entrañas de cualquier ordenador actual que se precie.

 

En este artículo imprescindible, Turing introduce el concepto de número definible y reformula los teoremas creados por Gödel, en 1931, sobre el problema de decisión (Entscheidungsproblem)  y la computación. Así, sustituye el lenguaje formal universal de Gödel por unos dispositivos formales simples, conocidos hoy como Máquina de Turing. Estos dispositivos eran capaces de implementar cualquier problema matemático mediante un algoritmo, pasando de un estado a otro con una serie precisa y finita de reglas dependiente de un solo símbolo, que se leía en una cinta donde podía escribirse o borrarse. A pesar de que su demostración fue publicada poco después de la equivalente formulada por su maestro Church, el estudio de Alan Turing es mucho más asequible e intuitivo, más completo, en definitiva.

 

Está claro que Turing  sienta las bases sólidas para la ciencia de la computación, partiendo de su concepción de máquinas abstractas, capaces de procesar símbolos. Lo más importante es que estas máquinas siguen siendo hoy objeto central de estudio en la teoría de la computación. Sin embargo, las máquinas de Turing no llegaron a construirse hasta que, por azares del destino, el científico diseñó un dispositivo para descifrar los códigos secretos de los nazis.

 

Héroe de guerra

La fama de Turing ha estado más ligada a la anécdota. Anecdótica fue participación en el desciframiento del código utilizado por los alemanes en la II Guerra Mundial, que inscribió su nombre en los anales de la historia. A su regreso a Cambridge, ya como doctor, comenzaron sus investigaciones para resolver el problema de la encriptación, basadas en la multiplicación de números primos gigantescos.

 

En 1938 conoce a Robert Lewinsky, joven ingeniero polaco que había contribuido al diseño de un sistema electromecánico de encriptación en las comunicaciones. Lewinsky, que era judío, había sido depurado por los nazis. Así que contactó con el servicio secreto británico, que, al estallar el conflicto mundial, comisionó a Turing para que en la Escuela de Cifrado y Codificación de Bletchey Park, situada a 80 kilómetros de Londres,  formara a un grupo de científicos e ingenieros, cuya misión era descifrar el sistema de códigos alemán conocido como Enigma, El nombre de Enigma es el de la máquina ideada por Arthur Scherbius, que hacía indescifrables las codificaciones utilizadas por las fuerzas armadas nazis, quienes, gracias a ella, poseían una tecnología puntera para aquel momento, muy superior a la que poseían los británicos.

 

Estos trabajos condujeron a la invención de la Bomba, una máquina electromecánica que interpretaba los códigos ‘Enigma’ y los codificadores de teletipos Lorenz-FISH, lo que permitía a los aliados anticipar los ataques enemigos. Ello supuso una enorme ventaja para la supervivencia misma del Reino Unido, ya que las comunicaciones de los alemanes por mar y aire podían intervenirse a discreción, evitándose con ello miles de muertos. Esta proeza llegó a convertirle en auténtico héroe aliado, razón por la que fue condecorado con la Alta Orden del Imperio Británico.

 

Los trabajos criptográficos de Turing, que, como ya apuntamos, fueron el detonante de que sus máquinas pensantes se llegaran a construir , han permanecido en secreto hasta la década de los setenta. Ni siquiera sus amigos íntimos llegaron a tener constancia de ellos.

EL ENFANT TERRIBLE DE LOS NÚMEROS

El padre de la cibernética 

Está claro que le debemos a Turing el logro de los actuales ordenadores, aunque algunos hayan intentado, sin éxito, atribuir su invención a otros que, casualmente, eran menos gays que él. También contribuyó a esclarecer el enigma de conocer si las máquinas pueden pensar o, lo que es lo mismo, la idea de inteligencia artificial. Algo que, aunque hoy resulte obvio, en aquellos años pertenecía al terreno de la ciencia ficción.

 

Con sus máquinas pensantes, Turing se convirtió en pionero de la ciencia de la computación. Su máquina universal era capaz de resolver cualquier problema mediante la implementación de un algoritmo, alimentada con las instrucciones adecuadas para resolverlo. El parecido de esta idea con el software no es gratuito.

 

Pero, lo más interesante de todo esto es que la máquina de Turing no era una entelequia, ya que se podía construir y utilizar manualmente. Con independencia de ello, Turing da una vuelta de tuerca en este asunto. Su aproximación filosófica a la máquina es realmente fascinante, cuando formula: ¿es posible distinguir a una máquina de un ser humano? Para dar respuesta a esta pregunta, nuestro hombre enuncia el Test de Turing, poniendo en entredicho las nociones simples sobre la conciencia humana y estableciendo la prueba de cuándo una máquina podía considerarse inteligente.

 

Finalizada la II Guerra Mundial, Turing diseña uno de los primeros computadores electrónicos programables digitales en el Laboratorio Nacional de Física del Reino Unido, con la idea de llevar adelante el proyecto ACE (Automatic Computing Engine o Motor de Computación Automática) y poco después trabaja en el software de una de las primitivas computadoras reales, la Manchester Mark I.  en la Universidad de Manchester. También construye el ordenador llamado Colossus, con el propósito de descifrar mensajes, que fue el precursor del ENIAC construido en la Universidad de Pennsylvania dos años después. Como curiosidad, por esta época también, diseña un programa de ajedrez simulado muy primitivo aún.

Su lado queer

Alan Turing no pasaba por ser esa clase de científico sesudo y despistado, metido en su propio mundo. Sabemos que en sus ratos de ocio era un deportista consumado (practicaba el remo y el atletismo), amante de la música (tocaba el violín) y persona socialmente activa. Pero la homofobia volvió a Turing tímido y solitario, aunque contribuyó a que su heterodoxia vital gestara ese mismo espíritu brillante y original que impregna su obra.

 

Con las lógicas precauciones, Alan Turing nunca disimuló su homosexualidad, aunque la llevó con la discreción debida al Acta de Secretos Oficiales que, por excluir a los gays de los criptógrafos estatales, estaba obligado a respetar.  Y, a pesar de que la ciencia tradicional la ignorase, se encuentra en el origen de su curiosidad vital y en el límite de su aventura científica.

 

El primer hombre que influyó especialmente en Turing fue un compañero de colegio un año mayor que él, llamado Christopher Morcom, quien compartía su pensamiento y sus ideas científicas. Juntos trabajaron inseparables, hasta que Morcom falleció prematuramente en 1930, lo que causó un verdadero trauma en el joven Alan, que llegó a presentir la muerte de su amigo en el momento en que enfermó.

 

De hecho, Turing comenzó sus primeras investigaciones a raíz de la muerte de su primer amor. Asolado por su pérdida, Turing se pregunta si la mente de Christopher seguiría funcionando más allá de su cuerpo, si su intelecto permanecería activo bajo otras formas no humanas. Todas estas dudas macabras fueron el motor que alimentó su investigación sobre la inteligencia artificial. En ello coinciden sus biógrafos, incluida la madre del científico.

 

Turing nunca renunció a su homosexualidad, si bien sabía del rechazo social que provocaba y del peligro que representaba para el avance de sus investigaciones. Pese a ello, tuvo novios y compañeros de lecho ocasionales, aunque era consciente de que su vida personal se iba deteriorando por las continuas sospechas que suscitaba entre la gente. En una carta remitida a su amigo Norman Routledge, Alan expone, al estilo de un falso silogismo, una irónica reflexión en la que relaciona la homofobia con su test para probar la inteligencia artificial en los ordenadores. Y así, escribe:

 

Turing cree que las máquinas piensan. Turing yace con hombres. Luego las máquinas no piensan.

UN APASIONADO POR LOS DEPORTES, LA VIDA ACTIVA Y LOS HOMBRES

La secretaria aventajada

El estreno en 2014 del filme The Imitation Game, coproducción angloamericana dirigida por Morten Tyldum, ha traído a la actualidad, además de la figura del propio Alan Turing, la de una de sus colaboradoras más directas, la matemática británica Joan Clarke. Su trabajo encomiable, silenciado durante 70 años, ayudó a romper el intrincado código de Enigma en las dependencias de la Escuela de Códigos y Cifrado del Reino Unido, secretamente ubicado en Bletchley Park, a 80 kilómetros de Londres. Clarke había sido reclutada por su tutor en la Universidad de Cambridge, pero fue contratada como secretaria, aunque, debido a su enorme talento, pronto fue ascendida a subdirectora de aquel equipo con Turing a la cabeza.

 

Joan y Alan fueron, además de compañeros, amigos y confidentes durante toda la vida del científico. Incluso durante un tiempo estuvieron prometidos, aún a sabiendas de la homosexualidad de Turing. Ambos tenían en común una extraña manera de ver las cosas, distinta a los demás, lo que aumentaba su mutua complicidad. Joan solía decirle a Alan con frecuencia: “A veces la gente de la que nadie se imagina algo es la que hace las cosas que nadie puede imaginar”. A pesar de haber recibido en 1947 la Orden del Imperio Británico, el trabajo de esta asombrosa mujer permaneció oculto hasta su muerte, acaecida en el año 1996.

 

Rompiendo los códigos

La misma ley británica que a comienzos del siglo XX enviaba a la cárcel a Oscar Wilde por acostarse con hombres seguía aún vigente medio siglo después. Turing, por suerte, había ido esquivando a duras penas esa espada de Damocles, tal vez debido a la consideración que por él sentían sus colegas y allegados y por sus méritos indiscutibles como científico, aparte de su propia discreción.

 

Un infausto día del año 1952, un Turing ya maduro llegaba a su casa y sorprendía a uno de sus amantes, Arnold Murray, un jovenzuelo sin escrúpulos, robando sus pertenencias en compañía de su cómplice. Turing, entre el abatimiento e indignación, reacciona de forma compulsiva, casi instintiva, y de un salto se presenta en la Comisaría de Policía más cercana para denunciar el robo. Los agentes le interrogan sobre el asunto. Turing, como un niño inconsciente, lo va contando todo. Que le robaron. Que entraron con una llave. Que uno de los denunciados era su amante, aunque sólo habían dormido juntos un par de noches. Que había tenido novios, pero que en ese momento no tenía una relación estable. Que sólo se acostaba con hombres…

 

A los pocos días, Turing vuelve a casa, como de costumbre, abre su buzón y encuentra una carta en la que se le denuncia por “incidencia grave y perversión sexual”, procesado bajo la Sección 11 de la Criminal Law Amendment Act 1885 y citado a comparecer ante el Juzgado por sus actos de sodomía. Pronto se celebra el juicio. Durante el proceso Turing nunca se retracta de amar a los hombres. El juez le da a elegir entre la cárcel o el arresto domiciliario, con la compensación de proseguir con sus investigaciones, pero sometiéndose también a un tratamiento aún no testado a base de estrógenos, con el propósito de debilitar su ‘desviación’ sexual.

 

Turing acepta la segunda opción, tal vez debido a su espíritu innato hacia la experimentación, alimentado por el hecho de ser su propio cobaya. Lo cierto es que el tratamiento dio como resultado evidentes signos de insomnio, ansiedad, vértigo, incapacidad de concentración… Por si esto no fuera suficiente, engordó más de lo debido, los pechos le crecieron y, peor aún, quedó impotente. Otros efectos colaterales no menos dañinos fueron el escarnio público y la expulsión de su puesto como decodificador. Hasta su propio hermano había declarado que se sentía vergüenza de Alan.

Fotograma de la película ‘The imitation game’ con Keira Knightley como Joan Clarke

La manzana de la discordia

Durante los casi dos años que siguieron a su condena, recluido en su casa de Cheshire, Turing no abandonó del todo sus actividades científicas, aunque tenía cada vez más mermadas sus facultades. Dos años de calvario eran más que suficientes para que decidiera poner fin a su vida, incapaz de resistir tanto dolor. Y lo hizo al más clásico estilo de su cuento de hadas favorito, Blancanieves, aunque sin el final feliz de la ficción.

 

Un 7 de junio del año 1954, Turing compró una bolsa de manzanas, eligió la más roja y hermosa de todas ellas, le inyectó una buena dosis de cianuro y le dio un mordisco. La dosis era tan letal que Turing no pudo apurar su segundo bocado. Al día siguiente, le encontraron muerto con la manzana mordida en la mano… La misma manzana que Steve Jobs colocaría después como distintivo de la marca en la portada de su primer Mac.

 

Aunque su madre negara el suicidio, probablemente por motivos religiosos, casi todos sus biógrafos coinciden en este punto. Sea como fuere, lo cierto es que nadie merecía haber tenido un final así, menos aún tratándose de un hombre, como Tuning, que tanto bien hizo a la Humanidad.

 

Discretos reconocimientos a su figura han ido sucediéndose de un tiempo a esta parte. Muchos son los galardones, estatuas y placas que llevan su nombre, sobre todo vinculados a la universidad de Manchester, donde transcurrieron sus últimos años. El más sonado de todos fue la disculpa pública que el primer ministro británico, Gordon Brown, le dio a titulo póstumo en nombre del gobierno el 10 de septiembre del 2009. El comunicado oficial del mandatario se produjo tras algunas movilizaciones ciudadanas que habían promovido un acto de desagravio en su memoria.

 

Justa recompensa, aunque tardía, para rehabilitar ante el mundo la figura de Alan Turing, ese hombre excepcional que, gracias a su inteligencia, coraje y esfuerzo, dio pleno sentido a una simple manzana mordida.

 

Este artículo original publicado en Homocrónicas

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