Soy gay y soy testigo de Jehová… esta es mi vida

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Soy gay y soy testigo de Jehová… esta es mi vida

Tenía sólo 9 años cuando le pregunté a mi madre que era un homosexual, quise saberlo porque acudía con ella a las concentraciones religiosas de los testigos de Jehová que se celebraban en Caracas y allí se hablaba mucho sobre este “pecado”. Mi Mamá me respondió: “Son personas muy depravadas y enfermas”. Con esa corta edad siempre había sentido atracción por algunos chicos de mi colegio y de las prácticas de basketball, nunca por las chicas, aunque no era nada sexual aún, sencillamente me atraían, pero no tuve valor para aceptarlo y me sentía anormal. Durante muchos años me mantuve asistiendo a los eventos de esta religión solo para complacer a mi madre y hasta llegué a bautizarme, pero en mi interior se sentía vació y sin sentido de pertenencia.

Vivía con miedo a expresar quien realmente era, mis padres me reprimían cada instante de mi vida. No tenía libertad de escoger la música que quería escuchar, mi ropa ni mis amistades, no me dejaban siquiera ir a hacer los deberes del colegio con mis compañeros de clase y me obligaban a asistir a las reuniones, leer la biblia y predicar puerta a puerta. Me sentía en una cárcel. Para mí no existía nada más en el mundo que las enseñanzas que me habían inculcado desde muy temprana edad e incluso el 11 de septiembre cuando derribaron las torres gemelas recuerdo perfectamente que veía las llamas por TV y tuve miedo de que estuviera llegando el Armagedón.

Durante el comienzo de mi adolescencia solo anhelaba poder escapar y despertar sin saber del tiempo, poder respirar y no regresar, vivir y sentir el silencio. Solo quería encontrar un día de paz. Me sentía como cuando lo que más te gusta comer te sabe mal.

A los 15 años comencé a alzar mi voz y rechazar sus doctrinas de crianza. Ya había pasado un año, y una vez decidí no entrar a la primera clase de ese día y fui a casa de quien fue mi primer compañero sexual. ¡FUE ALUCINANTE! Dos semanas más tarde mi padre estaba gritándome por haber recibido en su celular mensajes de este chico, eran mensajes más que comprometedores, y es que esa tarde tomé su celular a escondidas para abrir mi Facebook y lo regresé tan rápido que no noté que no finalice sesión. Cursaba tercer año de bachillerato, mis padres me dieron un ultimátum: “O te adaptas a todas nuestras normas y eres y haces lo que nosotros te decimos o no tendrás más educación”. Pensé que era algo exagerado y no creí totalmente en eso, decidí no aceptar lo que me decían, así que me retiraron del colegio y así se quedó, no tuvieron ni la mínima intención de dar su brazo a torcer. Les rogué con lágrimas en los ojos que volvieran a inscribirme en el colegio, pero eso no los hizo cambiar de decisión. Lo mejor que pude hacer fue rebelarme aún más en su contra, ahora hacia todo lo que les molestaba de mí.

A los 17 años me rebelé contra mis padres y de la religión y aunque no fue tan sencillo, a toda costa tomé la decisión de no predicar ni ir más a las reuniones, aunque eso me costó la enemistad con mis padres, pero finalmente me sentía libre. Al principio me pareció que estaba acabado. Me sentía como un perro asustado que nunca ha ladrado, angustiado ante la posibilidad de que fuera cierto que me había poseído el demonio. Necesité reconstruir completamente mi manera de relacionarme con el mundo. Al principio salir de la congregación implicaba también aceptar la posibilidad de que me quedara fuera del paraíso eterno (esa utopía que ellos tanto esperan) y morir. Eso fue lo peor, aprender a vivir pensando que estaba rechazando los principios divinos y que moriría. Al principio elegí hacer todo lo contrario de lo que había hecho hasta entonces y las cosas que durante toda mi vida habían sido tabúes: mucho sexo, alcohol y más tarde muchas drogas casi sin control. Tampoco estaba bien. Poco a poco me fui controlando. Tuve mi corazón escondido cerca del afecto y estaba escribiendo mi propio manual de cómo hacerme un hombre sin saberlo, lo pasé tan mal estando tan perdido fuera de control, cerca del peligro sin equilibrio y perdiendo el norte. Tuve que comenzar a ganarme la vida y así fue como pude terminar el bachillerato.

Hoy en día veo a los testigos de Jehová como una secta. Excluyen por completo a los homosexuales y son abiertamente homofóbicos, de hecho, para ellos es más despreciable una persona gay que un pederasta. Atentan por completo contra la dignidad y derechos de las personas. A los gays que siguen formando parte de esta secta o de cualquier otra religión que no les permita ser completamente ellos les diría que el fundamentalismo tiene como consecuencia no poder escuchar su corazón y que fuera de todas esas enseñanzas habita un mundo lleno de amor y color que merece la pena descubrir. Que no se dejen intimidar por las falsas acusaciones, sean auténticos y no teman vivir la vida que desean vivir. Y lo más importante, formen parte de la comunidad a la que pertenecen. Actualmente prefiero no profesar en ninguna religión y he descubierto que Dios vive dentro de cada uno de nosotros, y vivo con plena fe en que pronto los gays de todo el mundo podremos ser completamente libres y tendremos todos los derechos que como ser humanos nos corresponden.

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